jueves 24 de julio de 2008

MIS CINCO MINUTOS

Cuando era niña, no me perdía un solo capítulo de una serie animada japonesa llamada "Candy candy". Me encantaba la historia: fantasiosa, completamente rosa, con tintes de humor y trágica, como solo los japoneses lo podrían hacer.
Hubo una escena en particular que marcó mi vida para siempre. Y lo digo porque aún ahora, varios años después, cada vez que me la topo por algún sitio de la Red, me hace estremecer.

Dicha secuencia es una en la que Terry (el galán de la trama) se encuentra en un hospital cuidando a su convaleciente amiga Susana, quien está enamorada de él, y pierde una pierna al salvarlo de una muerte segura; motivo por el cual el hombre, en agradecimiento y por el cargo de conciencia, decide renunciar al amor de su vida (Candy) para quedarse con Susana. En el nosocomio, por azahares del destino cruel y despiadado, se encuentra también Candy, quien al enterarse de la situación decide también dejar de ver a Terry para que haga feliz a Susana.
De manera que Candy se despide amablemente de ambos deseándoles felicidad eterna (aunque por dentro se siente morir), y sale apresuradamente.

La escenita que me desgarra el corazón es cuando ella baja corriendo la escalera y Terry la persigue. No la quiere dejar ir...es el amor de su vida...y aunque imposible, no puede dejarla ir... En un momento dado, la alcanza, la toma por la cintura y ella se queda sin aliento. Así transcurren unos segundos hasta que Terry decide soltarla, dejar que se vaya y decirle adiós para siempre.

Sí...Candy Candy y series como esta suelen sacar un poco de la cursilería, el romanticismo, y el dolor de alguna que otra vieja herida que todos llevamos dentro.

Comparto con ustedes estos pocos minutos de sensibilidad en un video que encontré en youtube; mismo que, a partir del minuto 1:59 y hasta el 2:13, contiene la susodicha escena comentada líneas antes.

Las imágenes hacen recordar aquella época de inocencia e ingenuidad; y la canción...ni se diga, queda perfecta y a cualquiera se le eriza la piel tan sólo de escucharla (próximamente la esaré programando en RadioBloggera).

Todos tenemos derecho a nuestros 5 minutos de...(cursilería, romanticismo, remembranzas, abrir heridas...lo que ustedes quieran). Aquí les comparto los míos.

Les dejo el video para que lo disfruten...o lo sufran...o las dos cosas...mientras me voy de vacaciones. Gracias por sus visitas y más aún por sus comentarios y/o correos!!


video

domingo 29 de junio de 2008

¿...Y QUÉ PASARÍA...?

¿Qué pasaría si un día descubres a tu pequeña rayando la pared; pero esta vez en lugar de reprenderla, le pides que te comparta un lápiz de color para dibujar tú también?
¿Qué si uno de estos días, tu niño toma la manguera y se moja, pero en vez de correr a ponerle ropa seca y reprocharle, te mojas junto con él?
¿Y si uno de esos días pesados de escuela tus hijos te pidieran tomar el postre antes de la comida; y lejos de negárselos, tomas uno tu también?
¿Se caería el mundo en pedazos, quizás, si de repente se quedan una hora mas tarde despiertos en la noche, solo para compartir las palomitas y una linda película contigo?
Quizás no tengamos tiempo de hacernos éstas y tantas otras preguntas; pero nuestros hijos, seguro que alguna vez lo piensan.

¿Que pasaría?... la verdad...nada. Lo único que podría pasar es que volvamos a ser niños, que recordemos aquel cosquilleo en el estómago y esa emoción especial de hacer alguna travesura.
¿Que pasaría?...que por un momento nos volveríamos menos padres y mas amigos de nuestros niños.
¿Que pasaría?...que tal vez nos diéramos cuenta de lo pequeño y a la vez enorme que puede resultar el mundo al lado de ellos.
Pasarían muchas cosas, y a la vez ninguna.
Pasaría que nos importaría mucho mas escuchar la carcajada sincera de un pequeño que tener la pared reluciente. Nos gustaría sobremanera verlos felices, concentrados en la trama de un programa y llenándose de palomitas, en lugar de contemplar su sueño tranquilo y sereno; y disfrutaríamos sin duda, el dulce sabor de un delicioso postre, más dulce aún en compañía de los hijos.
¿Que pasaría si nos diéramos cuenta de que un simple limpiador concentrado puede volver a dejar las paredes deslumbrantes; pero no puedes volver a dejar sin mancha alguna la confianza de un niño después de un golpe o un regaño por demás severo?
Es imposible volvernos niños a diario. Es imposible permitirles hacer lo que se les antoje. La disciplina es necesaria y hasta cierto punto indispensable. Sin embargo; ¿ha de ser siempre así?...permitirnos un día, un momento, un instante tan solo para dejar de ser sus padres y convertirnos en sus mejores amigos...¿sería tan malo?....

No; el mundo no se acabaría. La vida seguiría su curso y el destino trabajaría igual. Entonces...¿qué podría pasar?...
Quizás lo peor que podría suceder es que nos gustara. Que nos fascinara tanto ser niños de nuevo, que nos emocionara más de lo debido el reír junto con ellos. Tal vez por eso los papás no nos permitamos entrar mucho a ese mundo infantil. No querríamos salir nunca de ahí..

...¿Y si lo intentamos una vez...una sola vez?...

jueves 29 de mayo de 2008

ADICTOS AL DRAMA

Existen en el mundo diversos tipos de adicciones. Hay adicción al alcohol, al cigarro, al sexo, y a cosas tan comunes como las películas, los dibujos animados, el Internet o la comida. De hecho, hoy en día casi cualquier cosa puede causar adicción; sin embargo, la mayoría de éstas son ocasionadas por agentes externos o sustancias que de alguna manera consume el organismo.

Entre los ires y venires de la vida y del destino, pasamos por diversas situaciones, a menudo repetitivas, que nos tienen en un estado de constante tensión. Quizás nos preguntemos el motivo por el cual las personas que nos rodean son injustas con nosotros, o tal vez nos intrigue el hecho de que nuestras relaciones estén siempre marcadas por una tendencia a lo problemático y condenadas al fracaso. Todas estas cuestiones tienen una respuesta que puede ser tan simple como desconocida a la vez: la adicción al drama.
A diferencia de todas las demás, la adicción al drama se caracteriza por el hecho de que el estímulo que se necesita no lo consume, sino que lo produce el mismo organismo y suele desarrollarse en mayor intensidad durante las relaciones de pareja; aunque no por ello se excluye el ámbito familiar, de amistad, laboral o cualquier relación interpersonal en sí.
Cuando un adicto de este tipo se encuentra inmerso en un noviazgo o matrimonio, por lo general se convierte en una relación bastante difícil, pues las discusiones sin sentido están a la orden del día; lo cual provoca en su pareja un estado de constante alerta, jugando siempre a la defensiva.
En muchos casos, aun cuando la relación se está terminando por uno u otro motivo, el adicto al drama busca por todos los medios retener a la pareja, pues se niega a quedarse solo en aquel vacío atemorizante sin alguien que le provoque las emociones que ahora siente. Lo que realmente busca es que su cerebro siga produciendo esa sustancia que haga fluir toda esa adrenalina; de manera que hará hasta lo imposible por no romper la relación, llegando incluso a niveles tan bajos como el chantaje, las amenazas o la agresión a sí mismo o a su pareja; provocando con esto que la tensión vaya en aumento.

Los adictos al drama tienden a victimizarse, a empezar discusiones de la nada; y aunque su pareja busque por todos los medios mostrar conductas que no lo alteren, sus esfuerzos serán completamente en vano pues lo que el otro quiere es precisamente lo contrario, de manera que siempre buscará (y seguramente encontrará, o fabricará) un motivo para alterarse.

Cuando por fin se da por terminada una relación, el adicto entonces puede reaccionar de dos maneras: la primera de ellas, y la más común, es buscarse otra pareja que logre satisfacer su necesidad de "sobresalto", para después sentirse un tanto mártir y decir, quizás, que no tiene suerte en el amor o que todas sus parejas han sido seres perversos sin sentimientos ni compasión por su persona. Se compromete nuevamente y la historia vuelve a comenzar.
La segunda reacción que puede tener después de una ruptura es el acoso; lo cual es bastante más peligroso por los problemas que implica. El adicto empieza a buscar a su ex, le llama de día o de noche, lo visita en su casa o en su trabajo, le manda cartas, correos o mensajes, va a los sitios que sabe que frecuenta, etc. Todo esto con el fin de darle a su vida la "motivación" que necesita y no sentir el vacío. Añora aquella exaltación y las alteraciones que le provocaba esa relación y por lo tanto se propondrá reanudarla a como dé lugar.

Los adictos al drama suelen confundir el amor con la necesidad imperiosa de sentir ciertas emociones. Su objetivo por lo general es encontrar un detonador que haga fluir esa sustancia intoxicante, y éste lo puede hallar ya sea en su pareja, en sus padres, hermanos, hijos, amigos, etc., y el anhelo implícito de sentirse víctima lo hará preguntarse por qué se rodea siempre de personas que él considera "problemáticas"; o tal vez gritará a los cuatro vientos que todo el mundo está en su contra y no dejará de recordarle al otro lo incomprendido y miserable que lo hace sentir; cuando en realidad es todo lo contrario: le está satisfaciendo una necesidad, aunque ni él mismo se dé cuenta de ello.

El drama coexiste con todos y cada uno de nosotros de manera cotidiana: en nuestras familias, en los programas de televisión, en los libros y hasta en nuestras canciones y música favoritas. No suele ser un gran problema, mientras lo sepamos manejar y controlar; lo peligroso empieza cuando, sin darnos cuenta, estas sensaciones se van apoderando de nuestra voluntad hasta el punto de fundamentar la vida, acciones y actividades en la satisfacción de la alteración constante de las emociones.

Ante todo esto, quizás deberemos reflexionar un poco y pensarlo un par de veces la próxima vez que deseemos iniciar discusiones de la nada o quejarnos continua y amargamente de la gente que nos rodea o de la vida que llevamos. No sea que se nos pueda convertir en una de las peores y más mordaces y desgastantes adicciones: la adicción al drama.

viernes 9 de mayo de 2008

MAMÁS DEL SIGLO XXI

Cuando tomamos en los brazos por primera vez a nuestros hijos, suelen pasar muchas cosas por la cabeza. Una de las principales: la duda... ¿seremos realmente capaces de criar un hijo?...
Conforme va pasando el tiempo y vamos superando los problemas y adversidades que se nos presentan, nos damos cuenta de que sí, efectivamente, somos capaces de ello y de mucho más. Y no es únicamente que "podamos" hacerlo, sino que "tenemos que" lograrlo.

En una ocasión escuché a alguien decir que las mujeres no enfrentamos nada; y que buscamos siempre la ayuda y el apoyo de los hombres para resolver nuestros problemas. Al escuchar esto, me limité a sonreír para mis adentros con cierto sentimiento de lástima por el pobre ingenuo que había dicho semejante idiotez.
De ninguna manera generalizo, pero lo cierto es que muchos hombres no serían capaces de cargar en su vientre el peso de un bebé y aún así realizar las tareas cotidianas; muy pocos son los que aguantan hacer todos los cambios de pañal del día, y podría asegurar que hasta los mas valientes se darían por vencidos al segundo o tercero.
Muchos de ellos no tienen la ternura y a la vez la fortaleza, e incluso el carácter y la autoridad cuando es necesario manejarla; y definitivamente son contados los que son capaces de combinar la educación de los hijos con el ambiente laboral.

Aún en nuestros días, cada diez de mayo nos invaden imágenes conmovedoras de la clásica madre abnegada, sufrida, sacrificada, resignada y hasta sumisa; cuando la verdad es que las mamás, de todos los tiempos y de diferentes épocas siempre hemos sido mujeres fuertes para soportar la carga de ser el pilar de un hogar, valerosas para enfrentar cada problema que se nos presenta y resolverlo con prontitud, ambiciosas para desear y procurar lo mejor para nuestros hijos, y de carácter para enfrentarnos a lo que sea y a quien sea con tal de dar un buen ejemplo y salvaguardar la integridad de nuestras familias.

Existen bastantes películas cuya trama gira en torno a estas "pobres" mujeres que dedican su vida y su propia identidad, gustosas y mártires al cuidado de los hijos que a menudo son bastante malagradecidos. Estas películas por lo general, invaden las pantallas de televisión en los días previos al día de las madres; y cada vez que por casualidad me topo con una de ellas, mi reacción es la misma que describí unos renglones arriba: sonrío y siento lástima por los guionistas y productores que no saben que ser madre es, la mayoría de las veces, toda una aventura; una experiencia tan vívida y emocionante, llena de acción, drama, comedia y hasta de suspenso. En fin, es algo tan fuera de serie y a la vez tan cotidiano, que sería imposible escribir un guión sobre ello.

El carácter y la fuerza interior no son características de alguna generación o de una época en sí; son dones que las mamás desarrollamos de una manera vertiginosa y a caudales. De no ser así, entonces todas, hasta las que ahora son abuelitas, seríamos madres del siglo XXI.

Muchas Felicidades, mamás!!


miércoles 23 de abril de 2008

LIBERTAD PARADÓJICA

Cuando somos niños deseamos con todo el corazón llegar a ser mayores. Los niños se ponen los zapatos del papá, las niñas se maquillan como la mamá, y de cuando en cuando el comentario a manera de lamento se hacía presente "¡cómo quisiera ser grande, para hacer lo que yo quiera!".
Y es que de pequeños, el mundo nos parece tan enorme... tan vasto e infinito, que soñamos con explorarlo, conquistarlo y construir el propio. Pensamos que la etapa infantil está llena de restricciones y prohibiciones, y que en cuanto alcancemos nuestra mayoría de edad seremos "libres" y podremos hacer lo que nos plazca sin nadie que esté siempre detrás reclamando nuestra desobediencia o diciéndonos lo que debemos hacer.
Y a medida que vamos creciendo, nos vamos dando cuenta también de que no es tan fácil empezar a tomar el control de nuestra vida. Empezamos a darnos cuenta de la realidad que nos rodea, de lo difícil que es salir adelante, trabajar, alcanzar metas, construir sueños.
Así, llegamos a la madurez solo para constatar lo paradójico de la situación: la etapa llena de prohibiciones no es la niñez.

Los niños lloran si se lastiman, si algo les duele o si tienen miedo; y al llorar, desahogan su pena al mismo tiempo que logran que su papá o mamá o tutor corra a buscar la fuente de dicho malestar para aniquilarla y salvar así ese momento de angustia. A los adultos se nos está prohibido (salvo en casos extremos) demostrar diversos sentimientos. Existen reglas y normas no escritas pero sí implícitas que nos impiden llorar por miedo o por dolor; aunque dichos sentimientos sean igualmente intensos (o más) que cuando éramos niños. Nadie suele venir en nuestro auxilio durante momentos de angustia. Si nos enfermamos, nos curamos solos. Si tenemos miedo, nos lo aguantamos y seguimos adelante.
De pequeños, no tenemos que preocuparnos por revisar si hay monstruos o fantasmas en el closet, o debajo de la cama; ése es trabajo de mamá o papá. Los adultos dormimos con nuestros propios fantasmas y demonios acompañando nuestro sueño, y si esto nos perturba, simplemente no dormimos; pues ni el poderoso Morfeo se atrevería a desafiarlos.

Nos cansamos de escuchar a nuestros padres decirnos cosas como: "Ya lo pagarás cuando tengas tus hijos"...cada vez que hacíamos alguna travesura o nos portábamos verdaderamente mal; y ante tal comentario no hacíamos más que suspirar y encogernos de hombros.
Pero cuando descubrimos a nuestro hijo completamente concentrado, haciendo rayones con un lápiz de color, decorando las paredes de la casa, sintiéndose un Dalí; en seguida vuelven a nuestra mente aquellas sabias palabras que ahora más parecen una profecía cumplida; y cuando nos sentamos al lado de la cama de nuestros pequeños; velando por ellos, preocupados por alguna enfermedad que los aqueja, con aquella desesperación y frustración de no tener el poder de sanarlos con un toque o con una varita mágica, es entonces cuando, en el silencio de la noche, entre el cansancio del día y la tensión que nos provoca, no hacemos mas que recordar lo bien que se sentía ser niño....ser "libre"....Entonces deseamos ver a nuestro hijo nuevamente como un remolino, aunque a veces sea un dolor de cabeza. Y le prometemos en silencio, quizás conteniendo una lágrima, que si hace un esfuerzo y se mejora, le compraremos diez cajas de colores y le daremos una pared completa para que realice sus "obras de arte" como mejor le parezca.

De todo esto podemos deducir entonces que a menor edad, mayor libertad de reír, de llorar, de demostrar lo que sentimos, de temer, de soñar...
Hay una frase muy conocida que dice: "cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir"...En este caso yo quizás la cambiaría por: "cuidado con lo que deseas, porque cuando se te cumpla, tal vez no te gustará".

Mientras crecemos, puede ser que vayamos perdiendo y dejando muchas cosas en el camino; pero también vamos agregando experiencias y nuevas vivencias que más tarde podremos compartir con nuestros hijos; y así, en una de las tantas discusiones que tendremos con ellos les hagamos saber que algún día lo pagarán cuando tengan a sus hijos....Y después de decir esto, sabremos que cuando suceda, nos recordarán quizás con una sonrisa de resignación, como lo hacemos nosotros con nuestros progenitores.
Es cierto, cuando crecemos, perdemos libertad... pero ganamos un magnífico reencuentro con nuestros padres y nuestras raíces.

¿Valdrá la pena entonces crecer e ingresar a un mundo lleno de limitaciones?...Yo creo que, si gracias a eso podemos volcar todo nuestro amor en los pequeños Picassos, supermanes o luchadores que tenemos en casa; así como aprender a valorar, querer y respetar la dedicación de nuestros padres, definitivamente sí, vale la pena.

*Dedicado especialmente para mi Valeria...esperando que se mejore pronto!

domingo 6 de abril de 2008

SINDROME DEL AMA DE CASA

Aunque parezca extraño, uno de los trabajos de más riesgo para la salud física y mental es el del ama de casa.
Muchísimas mujeres alrededor del mundo padecen una serie de trastornos y enfermedades "invisibles" que conllevan un importante riesgo para ellas y para quienes las rodean.
La depresión, los trastornos obsesivo-compulsivos, el dolor en las articulaciones, la ansiedad y muchas otras cosas más son causadas por una enfermedad común pero ignorada llamada "síndrome del ama de casa".
Este padecimiento lo viven día a día millones de mujeres, sin que puedan hacer algo al respecto.
Muchas veces hemos visto casinos repletos de señoras jugando, otras fumando sin parar en algún restaurante; y a menudo quizás nos hemos preguntado por qué será que los puestos de lotería de los mercados permanecen operando hasta altas horas de la noche. Comentarios como "viejas fodongas, que se vayan a su casa a atender al marido en lugar de estar jugando", o "Mira nada más, cuánta mujer viciosa" son bastante frecuentes en cualquiera que haya visto una situación similar.
Lo que jamás escucharemos es que se pregunten el por qué. No es tan simple como parece. Para criticar solemos ser muy raudos, pero jamás tomamos en cuenta el arduo trabajo que ellas realizan día con día. Un trabajo monótono, pesado, y por desgracia muy poco valorado y hasta desagradecido.
El lidiar día a día con los hijos, los problemas de la casa, el marido, las tareas de limpieza, no es muy motivador que digamos; no es lo mismo levantarse en las mañanas para salir a trabajar, a enfrentar nuevos retos, a conversar con personas adultas afines a nuestros intereses, que despertar solo para hacer exactamente lo mismo del día anterior: tomar la escoba, el trapeador, lavar trastes, etc. No hay retos como cuando se ejerce una profesión; no hay un equipo de trabajo, y mucho menos reconocimiento alguno. En casos extremos, llega a haber incluso violencia como respuesta a labor realizada durante el día.

Dentro de los padecimientos que se pueden dar en un ama de casa están también las adicciones; puesto que la frustración de sentirse un tanto prisionera en un trabajo tan demandante y rutinario suele buscar rutas alternativas de salida y muchas la canalizan a través del juego, del cigarro, del alcohol o de diversas manías como el exceso de limpieza, por ejemplo.
Enfermedades como hipertensión, fatiga crónica, disminución del apetito sexual, irritabilidad o cefaleas suelen ser causadas por este síndrome a consecuencia de el exceso de trabajo, la rutina y la falta de reconocimiento.
Por supuesto que si dicha situación no es detectada y atendida a tiempo, las consecuencias pueden ser aún mas drásticas; pues el deterioro de la convivencia familiar comenzará a hacerse presente, así como las crisis de pareja e incluso el suicidio.
¿Qué hacer ante una situación que existe, persiste, es más común de lo que quisiéramos, pero casi nadie sabe de ella?
Quizás empezar a ver a estas valientes mujeres como seres pensantes, fuertes, inteligentes y capaces. Tal vez retribuirles un poco de lo mucho que se esfuerzan; algún detalle, un gesto de agradecimiento o admiración hacia su trabajo no cuesta mucho, nunca está de más y puede ayudar bastante.

El hombre está acostumbrado a pensar que trabajar fuera de casa es mucho más pesado e importante; motivo por el cual siente que después de trabajar ocho horas, tiene todo el derecho a ser atendido por la esposa, ya que, después de todo, ella "se la pasó todo el día cómodamente en casa". Desafortunadamente muchos están educados bajo estos preceptos y por ello les es tan difícil aceptar que quizás su trabajo no sea tan desgastante como el de ella; y sin embargo a quien se lo remuneran es a él.
Es por eso que para poder comprender en su justa dimensión esta realidad que viven muchas mujeres, se vuelve necesario, y yo diría que hasta indispensable, el tener una mente abierta, objetiva y analítica; dejando de lado la eterna "guerra de sexos" así como el egocentrismo para mostrar un poco de empatía y entonces entender y compartir este problema con la pareja.
El tener siempre un canal de comunicación abierto para sus pensamientos o sentimientos; así como buscar tiempo libre para realizar alguna labor que sea de su agrado como leer, escribir, ejercitarse, bordar, estudiar, etc puede convertirse en un aliciente.
El hecho de sentirse comprendida, valorada, apoyada y amada, disminuye la frustración y la tensión; aumentando así la motivación y el entusiasmo para realizar las labores cotidianas.
Es importante tratar de romper la rutina de vez en cuando.

Seguro que a partir de que nos damos cuenta de los padecimientos que puede tener una persona por el "simple" hecho de ser ama de casa, lo pensaremos dos veces antes de hacer un comentario despectivo al pasar por una lotería.

Mantenernos informados y alertas no suele ser difícil. Y quizás lo paradójico, y a la vez lo mas sobresaliente es el hecho de que cuando estamos conscientes de que el síndrome del ama de casa existe y lo padecen muchas personas, entonces un abrazo, un beso, una rosa, un "gracias" o un "te quiero" podrían salvar miles de matrimonios, de familias, de mujeres.
Es curioso....yo creo que nadie jamás imaginó que fuera tan simple salvar una vida.

lunes 10 de marzo de 2008

MUERTES Y OLVIDOS

La mayoría de nosotros crecimos pensando que después de la vida, viene la muerte y después...quien sabe. Depende de la manera en cómo nos hayan educado o de el aprendizaje que hayamos adquirido con el tiempo.
Unos pensarían que el alma es eterna, que al momento de morir se desprende del cuerpo físico y asciende hacia sitios mejores. Otros quizás crean fervientemente que se reencarna en otro cuerpo; y algunos otros pensarán que cuando uno muere, simplemente lo entierran y ahí mismo se va desintegrando hasta desaparecer por completo. A otros tantos ni siquiera les importa.
Lo que me parece claro es que muerte física solo hay una; y este tipo de fallecimiento es el que más secuelas dolorosas deja en los seres queridos que se quedan a seguir recorriendo el camino de la vida. Se extraña quizás la presencia, a veces silenciosa, quizás bulliciosa, o tal vez un poco de ambas. Se echa de menos su voz, su sonrisa y hasta sus enojos.
Sin embargo, existen otros tipos de muerte que son aún peores, tal vez no para los familiares y amigos, pero sí para el supuesto finado: la muerte por olvido y la que sobreviene por rencor.

Cuando nos "matan" de manera simbólica ahí si que no hay mucho qué hacer. Uno cuando muere, por lo menos deja recuerdos, enseñanzas, en fin, la esencia siempre permanece y así se puede repartir pedacitos del espíritu y del pensamiento entre muchas personas. No es tanto que desaparezcamos o que nos acabemos; sino que más bien nos repartimos entre los recuerdos de bastante gente. En cambio, la muerte por olvido o por resentimiento nos desaparece olímpicamente, de raíz y en un solo tajo.

Existen personas que han vivido solas toda su vida; que jamás han logrado tener una relación de amor o de amistad estable, por diversos motivos. Al final, un día se despiertan pensando que la vida no es nada y planean suicidarse; cuando la realidad es que nunca han vivido; simplemente han pasado de un lugar a otro, de una etapa a otra, como vagando. Tal vez éstos sean los verdaderos fantasmas: gente que piensa que está mejor sola, que el mundo no los merece o que los demás seres humanos son "desechables"...para utilizar y tirar.
Estas personas no viven; deambulan por la vida sin dejar ni aportar nada bueno a nadie. Lo único que hacen es vivir su propia muerte, dejando quizás una lágrima aquí, un mal rato por allá....pero nada que pueda permanecer para siempre. Para ellos la vida empieza después de la muerte física.

Otro tipo de fallecimiento es la muerte por resentimientos, rencores o hartazgo. En este sentido, y contrario a la muerte por olvido, se nos mata precisamente por dejar demasiadas cosas malas en nuestro camino. Mentir constantemente, maltratar, insultar, maldecir, o mostrar exceso de indiferencia son algunos de los motivos por los cuales se nos da la banderita de "difuntos" antes de tiempo. Este tipo de muerte suele ser quizás la más dolorosa para el afectado; puesto que a menudo nos sentimos vivos cuando sabemos que existe alguien, en algún lugar que siente algo (lo que sea) por nosotros. Pero cuando nos damos cuenta de que ese "alguien" ya no siente ni siquiera indiferencia, es entonces cuando la procesión empieza su andar en el alma.

Cualquier fallecimiento, sin duda, es desgarrador y muy difícil de superar. Aquí lo intereante es el darnos cuenta de que, contrariamente a lo que nos repitieron toda la vida, la verdad es que sí podemos elegir cómo queremos morir.

De lo que hagamos y seamos durante la existencia depende el tipo de muerte que tengamos; y quizás de todas, la física sea la menos dolorosa.

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